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La idea para escribir esta entrada me surgió al leer el blog de Molinos, aunque como veréis sólo tienen algo que ver en el título.

Todavía no me ha dado tiempo a escribir lo que debería venir en ¿Y tu de quien eres? Así que os pongo un poco en antecedentes.

Cuando el anterior Jefe del Estado, tuvo a bien morirse, yo tenía 13 años (hala, ya lo he dicho, todas aquellas que en los blogs  decís que os gustan los hombres maduros, haced el favor de demostrarlo). Recuerdo perfectamente el día, ya que no tuvimos colegio y echamos un macropartido de béisbol que duró toda la mañana (se que suena raro, pero en aquella nos daba por eso. Otras veces íbamos a apedrearnos con los de otro barrio, que también era divertido).

Bueno con ello quería decir que toda mi infancia transcurrió durante el franquismo. ¿Y en que se diferenciaba la vida de un niño de entonces con la de hoy? Os doy algunos ejemplos.

Una cosa muy molona era que en el colegio no sólo no teníamos jornada intensiva como ahora en algunos, sino que nos hacían ir los sábados por la mañana. Antes de entrar a clase nos hacían formar en el patio, y subían la bandera mientras cantábamos una canción de esas que decían “..prietas las filas recias marciales, nuestras escuadras van, cara al mañana que nos promete patria, justicia y pan,…”

En las reuniones familiares (de mi familia materna, debería puntualizar), alguno de mis tíos soltaba algún chiste que provocaba gran hilaridad, pero que yo no entendía . De camino de vuelta a casa mi madre me advertía: “De lo que ha dicho el tío Perico, no se te ocurra contar nada por hay”. Advertencia innecesaria puesto que yo ya lo había olvidado.

Lo que si recuerdo son otras historietas que contaban, como aquello de la multa que les había puesto un guardia a los tíos Fede y Chon por que les había pillado  dándose un beso en el parque.

O cuando a uno de la pandilla de otro de mis tíos estando en el cine viendo el NODO, se le ocurrió decir “Ya está éste inaugurando otro pantano”. Ante lo cual respondió una voz vociferante “¿Quien lo ha dicho?” y acto seguido salió corriendo detrás de ellos pudiendo coger a uno de los de la pandilla que paso toda la noche en la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol. (Parece ser que entonces era habitual que hubiese policía camuflada en los cines esperando precisamente a que alguien hablase mas de la cuenta).

Bueno que me voy por la ramas. Nuestros veraneos consistían básicamente en quedarse en Madrid pasando calor. Debería decir que nuestra familia era lo que aquella época se llamaba eufemísticamente “económicamente débiles”.

No es que fúesemos pobres de pedir, pero el único dinero que entraba en casa era el del trabajo de mi padre era obrero metalúrgico, en una fábrica de coches (mira tu por donde). Así que, como tanto mi padre como mi madre eran de Madrid y no teníamos pueblo,  ni una sóla vez durante mi infancia fuímos de vacaciones a ningún lado (cuando tenía 16 años, supongo que la cosa mejoró, y fuimos a un aparta-hotel de Benidorm, donde descubrí que las danesas eran mucho más simpáticas y desenvueltas que las españolas, pero eso lo dejo para otra entrada).

Así pues durante las vacaciones, la mañana la pasábamos jugando en la calle. Por la tarde mi hermano y yo nos tumbamos en el pasillo, con la cara pegada al suelo de terrazo, que era lo más fresco de la casa. Y por la noche toda la familia, y de hecho todo el barrio, bajábamos a tomar el fresco a la calle, donde los vecinos se agrupaban por portales para hacer charleta.

Una de esas noches, mientras mis padres estaban a lo suyo,  yo salí corriendo, supongo que detrás de una pelota o algo así, y casi me atropella un coche. Mi calle entonces no tenía mucho tráfico, pero es recta y larga y los coches podían venir muy deprisa.

Mi madre chilló y mi padre debió llamarle algo gordo al conductor. No se que le dijo pero debió de ofenderle mucho, porque freno, se bajo del coche dejándolo en mitad de la calle, se acercó al grupo de vecinos reunidos, y tras enseñar la placa de la policía, soltó la frasecita que yo ya conocía “¿Quien lo ha dicho?”. A mi padre no le quedó otra que dar un paso al frente. El esbirro cogió a mi padre del brazo con la intención de llevárselo a comisaría a responder unas preguntas.

No se que hubiese pasado hoy en día en una circunstancia parecida, pero entonces el resto de vecinos del grupo de mi portal, a los que se unieron otros grupos de vecinos de otros portales de la calle, rodearon al policía y a mi padre, impidiéndoles volver al coche y rogándole con muy buenas palabras que lo reconsiderase, que comprendiese que con el susto se le había escapado el taco, que hiciese el favor de soltarle, etcétera, etcétera.

Supongo que el tira y afloja duraría sólo unos minutos, pero a mi se me hizo una eternidad. Finalmente el policía cedió y se fue, diciendo algo así como “ esta vez le dejo, pero ya nos volveremos a ver”.

Evidentemente en cuanto se marchó nos subimos corriendo a casa, y en lo que quedo del verano ya no volvimos a bajar a la tertulia nocturna.

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