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El otro día os comentaba que cuando don Francisco tuvo el detalle de morirse yo contaba 13 años de edad. Es decir, estaba en el último curso de EGB.

El principal cambio que ello supuso para mi (además del día libre de clase) fue que, de la noche a la mañana hicieron mixto mi colegio. Bueno en realidad ya era mixto, a la manera franquista.

El edificio estaba partido por la mitad, y tenía dos puertas. Los niños entrábamos por la puerta de abajo y las niñas por la de arriba. Y no nos veíamos en todo el día.

El patio también estaba dividido por un muro con una verja encima: el muro era para que no pudiésemos ver lo que había al otro lado, y la verja supongo que para disuadir a nadie de intentar saltarlo. Ahora según lo estoy escribiendo, me parece surrealista, pero entonces supongo que nos parecía lo más normal del mundo. Evidentemente en cuanto cumplías 12 años, la hora del patio te la pasabas pegado al muro intentado descubrir que era lo que ocurría la otro lado.

El caso es que, con eso de que ya teníamos libertad,  de la noche a la mañana nos pusieron a chicos y chicas mezclados en la misma clase.

Ni que decir tiene que el experimento resulto un error, por lo menos en la clase de 8º. No recuerdo muy bien  lo que paso, porque en esos días yo sólo tenía ojos para Maribel (llamémosla así) [sigue breve inciso romántico]

Maribel era la hija de una amiga de mi madre, que me había invitado a un guateque en su casa para celebrar su 14 cumpleaños. Decir que yo era un pardillo es quedarse corto: mientras los primos de Maribel se ponían morados, yo me pasé toda la fiesta dándome ánimos para intentar pedir a alguna chica un baile (porque ni que decir tiene que allí no se puso en toda la tarde mas que música para bailar agarrao). Al final fue la propia Maribel quien, como buena anfitriona y viendo que no me lo estaba pasando muy bien, me saco a bailar, mas o menos cuando faltaban 10 minutos para que tocasen retreta y cada mochuelo a su olivo. El caso es que, como no podía ser de otra forma, ese baile cambio mi forma de ver a las personas del otro sexo (me niego a decir eso del otro genero), y particularmente a Maribel: hasta que no acabo el curso yo ya no tuve otra cosa en la cabeza. [acabado el inciso romántico, seguimos con la historia]

Como decía,  justo en la época en que estábamos en la edad del pavo, van y nos ponen en la misma clase. Ya digo que no recuerdo con nitidez lo que paso esos días, pero debió liarse gorda, porque el experimento apenas duró una semana. Antes de que empezásemos a saber manejarnos con el sexo ¿débil? (nos tenían acogotados), nos volvieron a separar porque aquello era ingobernable.

Aunque la decepción fue infinita,  la segregación no fue absoluta, como antes del óbito, sino que al menos estábamos en clases contiguas, y compartíamos el patio: el muro de la vergüenza había sido derribado.

La cosa en el patio era mas o menos así: las chicas hacían corrillos, cuchicheando y mirando a sus víctimas, mientras que los machos ibéricos, demostrábamos nuestras habilidades atléticas  jugando al rescate o a churro, media manga, mangotero.

Y así pasaban los recreos, debilitando nuestras vértebras para las hernias discales que vendrían después,  hasta que algún superdotado recordó otro juego de cuando éramos más pequeños: el látigo. La cosa  consistía en hacer una cadena humana de cómo mínimo seis o siete machos. El que iba en cabeza agarraba con las dos manos al segundo de la fila y  empezaba a correr realizando giros bruscos,  como hacen los lanzadores de martillo. El movimiento se transmitía a lo largo de la cadena, siendo la velocidad en el extremo tal, que el último de la fila tenía que acabar soltándose. La diversión no consistía en ver si el que salía despedido se partía la crisma (cosa que muy bien podía suceder), sino atinar a soltarse en el momento justo para acabar estampado a toda velocidad contra uno de los corrillos de féminas, eso si con las manos en posición de parar el golpe y “pillar cacho”. Lógicamente ellas se quejaban con las típicas palabras de la época: brutos que sois unos brutos, asquerosos, estúpidos, …(igualito que ahora), pero no se movían ni un centímetro del sitio donde estaban cuando al minuto siguiente empezábamos otra vez la fustigación.

Al año siguiente, se acabó el colegio y mis padres me inscribieron en un instituto masculino, que lo fue durante los cuatro años que permanecí en él (a pesar de que hicimos recogida de firmas, sentadas y hasta huelgas para que lo hiciesen mixto). De todo lo cual mi educación sentimental (como la de casi toda mi generación), se resintió notablemente. Supongo que esto explica el enorme éxito de películas de aquella época como Adios cigüeña adios .

Que ¿defraudados? Pues así me quede yo.

Próximo capítulo: Los años de Instituto, mi iniciación a la política.

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