Etiquetas

Quizás llamarle pueblo es un poco exagerado: hace ya varios años que no vive nadie de forma permanente en él. Según los datos estadísticos a mediados del siglo XIX  contaba con 30 hogares y 120 vecinos. Francamente me resulta difícil imaginarme como los pobres recursos de Pueblo (básicamente la ganadería ovina) podían mantener tanta gente sin generar continuos conflictos.  La familia de mi mujer, que fueron de los que más aguantaron, lo abandonaron a finales de los sesenta, cuando cerraron la escuela. Cuando yo lo conocí, hace ya 26 años sólo contaba con dos casas habitadas permanentemente: un pareja de ancianos y una familia que tras intentar hacerse un futuro como emigrantes en la gran ciudad, habían decidido volver.

Los abuelos por su avanzada edad tuvieron que irse hace ya tiempo a la capital con sus hijos. Y el matrimonio se trasladó a vivir al Burgo, aunque el cabeza de familia, Juan,  sube a diario a Pueblo para cuidar las ovejas.  Además hay media docena de casas que se mantienen en pie, aunque sus dueños sólo las ocupen unas pocas semanas cada verano. No podemos decir por lo tanto que Pueblo esté abandonado.

Sin embargo este fin de semana, a pesar de ser “temporada alta” sólo estábamos dos familias. Es una sensación extraña tener un pueblo para uno solo. De día es hasta agradable, pero cuando te vas a la cama y cierras la puerta con llave, no puedes evitar pensar que harías si alguien llamase a la misma en mitad de la noche. Juan sonríe y nos pregunta que habría sido de nosotros si hubiésemos tenido que pasar aquí los inviernos de hace años, cuando no era extraño quedarse aislado por la nieve y la ventisca. No tengo tanta imaginación: lo más tarde que yo he ido ha sido en el puente del Pilar a coger setas de cardo, y en mi vida he pasado mas frío. Me resulta inimaginable pasar un solo invierno aquí.

En Pueblo hace frío diez meses al año y viento siempre. Yo he tenido que quitar la escarcha del coche a finales de agosto. Su altitud es de 1.200 metros, y los montes que lo rodean no son capaces de frenar el viento helado que viene del Moncayo.

Está ubicado en una hondonada desde la que no se divisa ningún otro pueblo, lo que acrecienta la sensación de soledad. No se si será por eso también que el cielo aquí es omnipresente, alto e inmenso. Supongo que es a causa de la transparencia del aire liviano y limpio.

Si aprovechando el fresco de la mañana subes al Otero o a la Atalaya (para hacer hueco a los torreznitos que con total seguridad te van a ofrecer más tarde), descubres un horizonte inabarcable que comprende varias provincias, y no puedes evitar decir sandeces como “ancha es Castilla” o “hijo mío, algún día todo esto será tuyo” (en el improbable caso de que alguno de los tuyos haya accedido a acompañarte).

Por el camino y a falta de humanos es fácil observar animales. Hay una pareja de alimoches que hace ya varios años que veranean en el pueblo. También se ven corzos y buitres, aunque estos últimos son ahora menos frecuentes (les ha perjudicado que desde lo de las vacas locas está prohibido dejar el ganado muerto en el campo).

Aparte de eso poco más hay que hacer en el pueblo, como no sea buscar los fósiles de ammonites y similares que abundan (¿no es increíble que todo esto fuese el mar hace millones  de años?), recolectar te de roca y manzanilla,  o acercarte a la fuente de la mora para ver si sigue manando (este año como ha llovido poco ya se ha secado).

Bueno todo eso y echarte en una tumbona a leer bajo la sombra de un árbol (y comer a todas horas, pero de eso mejor no vamos a hablar).

Pincha en las fotos.

Anuncios