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La madre, como cada día, acudirá a recoger a su hijo puntualmente con cinco minutos de adelanto y se detendrá antes de doblar la esquina.   Allí, sin que nadie la pueda ver, dará cuatro fugaces caladas a un cigarrillo. Tras apagar la colilla contra la pared, reemprenderá su camino y se situará a la altura de la puerta de salida, en la acera de enfrente, esperando el timbre que da por concluida la jornada escolar. Cuando suene, tardará todavía un par de minutos en distinguir a su niño entre el agudo alborozo de la manada en libertad. El colegial, casi ya un adolescente, se despedirá con un gesto de camaradería de un compañero más alto que él y, tras separarse unos metros de la puerta y esperar a que sus amigos desaparezcan, cruzará para reunirse con su madre. Juntos enfilarán la pronunciada cuesta que marca el largo camino hacia su casa. Él, abstraído en su teléfono móvil tras dejar la pesada mochila sobre las rodillas de su madre. Ella, asomando una tímida sonrisa de satisfacción a la mueca de esfuerzo que le provoca impulsar su silla de ruedas.

Créditos: Tripas y letras_ Amor

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