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Este verano siguiendo las recomendaciones de dos blogueros que de esto de literatura saben mucho mas que yo, he tenido el gustazo de leerme Un momento de descanso de Antonio Orejudo, y El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales. (Bueno he leído algunas cosas mas,  pero no merece la pena que os haga sufrir).

Un momento de descanso fue glosado por ECDC aquí. Si hacéis una búsqueda por Internet encontrareis otras muchas opiniones del libro, bastante discrepantes por cierto. En lo que casi todos están de acuerdo es que un libro anterior suyo,  Ventajas de viajar en tren, es mejor, así que lo pondré en la lista de pendientes, ya que a mi este Orejudo si que me ha gustado.  Me parece entretenido, original, crítico y gracioso,  aunque a veces se le va un poco la mano, por ejemplo cuando explica la causa de que dos líneas borradas en el poema del Mío Cid. Además me ha hecho pensar. Adjunto os copio un párrafo del libro que comparto plenamente 😉

 Pero el motivo principal de su malestar era que al lado de aquellos científicos, oyendo sus conversaciones, se sentía un ignorante y un impostor. Al contrario que la mayoría de los humanistas, que habían sepultado su curiosidad bajo un manto de desdén y que presumían de no leer ciencia, o de no entenderla, Cifuentes admiraba a aquellos físicos y neurobiólogos aficionados a la literatura y capaces de mantener un conversación de cierta profundidad sobre (pongamos por caso) los fundamentos del arte contemporáneo. ¿Que colega suyo en el Departamento de [Español] podía decir siquiera cuáles eran los principios generales de física cuántica? Y sin embargo eran ellos, los pobres científicos, quienes tenían fama de incultos. Los humanistas habían sido más astutos y se habían apropiado del termino intelectual. Pero si alguien usaba el intelecto eran aquellos hombres que además de dedicarse a su línea de investigación eran capaces de extraer conclusiones sobre  la vigencia del argumento literario a partir de (pongamos por caso) la variedad de especies encontrada en el yacimiento de fósiles cámbricos de Burgess Shale.

Los humanistas seguían empeñados en trabajar con textos. Textos que comentaban otros textos, que a su vez glosaban otros más remotos, en una espiral hacia arriba que le había hecho perder el contacto con el mundo empírico.

El otro libro,  El maestro Juan Martínez que estaba allí, fue recomendación de ND.

El argumento es fascinante y está basado en un hecho real: un bailaor español y  esposa, a los que sorprende la primera guerra mundial en Turquía, e intentando escapar de ella quedan atrapados en Rusia viviendo en primera persona la revolución bolchevique y la posterior guerra civil. En fin, que  tienen que afrontar un montón de calamidades hasta que logran escapar. Como a muchos la historia de los totalitarismos del siglo XX es un tema que me apasiona. Además buena parte de la acción transcurre ciudades del este de Europa  donde he viajado recientemente, por lo que el libro aún se me hacía más atractivo. En uno de esos viajes se estuve a –23ºC. Con ese frió los 5 minutos que estas esperando el taxi a la puerta del hotel se te hacen muy largos: imaginad lo que tuvieron que pasar los protagonistas que afrontaron esos fríos sin calefacción, ni ropas de abrigo, y sin apenas nada que llevarse a la boca. Y ellos pudieron escapar pero la mayor parte de población tuvo que soportar a continuación la Gran Purga de finales de los treinta, luego la II Guerra Mundial, los gulags, … No me extraña que todos estos eslavos sean tan mal encarados.

Hay muchísimos párrafos del libro que te dejan impresionado, he aquí uno de ellos:

A los verdugos la Checa les pagaba una cantidad considerable en rublos y la ropa del reo. Había mucho tajo,  y todo el mundo podía ser verdugo.

Cada verdugo mataba a su manera, porque no había ceremonial alguno para las ejecuciones. Se trataba simplemente de liquidar a unos cuantos millares de indeseables de la forma más rápida y cómoda. Nada de liturgia, puro y simple materialismo. El verdugo, amateur o profesional, procuraba despachar cuanto antes y con poco trabajo. Había algunos que obligaban a los reos a desnudarse y a dejar sus ropas dobladitas: las ropas de la victima eran el precio de la ejecución que mas se estimaba, y no era cosa de dejar que se estropeasen y se manchasen de sangre. Esto aparte del trabajo que costaba después desnudar a los “fiambres”. Desnudos, tiritando, arrastrados como corderillos, aquellos infelices recibían el balazo en la nuca que acababa con sus pobres vidas cogidas al azar por aquella máquina del terror que iba triturando implacablemente a la sociedad burguesa. En las prisiones de la Checa se moría así, sin ninguna prosopopeya, como la cosa mas natural del mundo.¿No han visto nunca como se mata a un pollo en la cocina? Pues así. El chequista sacaba de su calabozo a su víctima y se lo llevaba a un patizuelo cualquiera, el que más le acomodaba; desenfundaba la pistola y le decía:

–        Anda,  desnúdate. Deja la ropa en ese rincón.

Y mientras el reo se desabrochaba las botas como un autómata y se sacaba la camisa por la cabeza, sin que se le ocurriera siquiera iniciar una protesta -¿para que?- el chequista encendía un cigarrillo y esperaba echando bocanadas de humo.

–        ¿Qué? ¿Estás ya?

Al llegar a este punto el reo no tenía ya fuerzas para responder. Doblaba la cabeza sobre el pecho y así, resignadamente, entraba en la eternidad de un pistoletazo.

 

Por lo que respecta al autor, se trata de un periodista de la  época de la II República que falleció en 1944, y que fue condenado al ostracismo por los dos bandos tras la guerra civil.  He aquí lo que los suyos decían de él en 1938 “Ambicioso, vacío, extravagante, la hora de Chaves Nogales pasó. Ni fue, ni ha sido ni volverá a ser nada” (Francisco Casares, en Azaña y ellos: cincuenta semblanzas rojas). Afortunadamente ha sido “redescubierto”, aunque no se si  recomendarlo mucho. Mirad lo que dice Reverte.

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