Etiquetas

, ,

Hoy he tenido una agradable conversación telefónica con mi proveedor de servicios de Telemáticos, intentando en vano que me diesen de baja del servicio de televisión de ONO (me han hecho una oferta que no he podido rechazar). Sin atreverme a enfrentarme con mi Santa y afrontar sus reproches, ya que es la segunda vez que lo intentaba;  me he ido a clase de Yoga. Eramos hoy mil en clase y alguno debía haber tomado previamente una clase de aerobic porque había un olorcillo a Eau de Chotuno que me ha recordado mi época de la mili. Para colmo mientras estaba tumbado en mitad de la relajación final, no se por qué me ha venido a la mente las primeras páginas de la Memorias de Adriano, que leí hace bastantes años,  por lo que la relajación ha sido imposible.  Así pues he llegado a casa pasadas las diez y media de la noche con la idea fija en la cabeza de tomarme una ducha calentita, y mira tu por donde me encuentro con que no tenemos agua, y los del Canal de Isabel II dicen que no es cosa suya.

En fín, os dejo el primer párrafo de la novela de Marguerite Yourcenar, por si queréis solazaros en mi desgracia:

Querido Marco:
He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz… Amo mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie. Sabe muy bien cuánto detesto esta clase de impostura, pero no en vano ha ejercido la medicina durante más de treinta años. Perdono a este buen servidor su esfuerzo por disimularme la muerte. Hermógenes es sabio, y tiene también la sabiduría de la prudencia; su probidad excede con mucho a la de un vulgar médico de palacio. Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos. Pero nada puede exceder de los limites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo sesenta años.

Anuncios