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En anteriores capítulos de Historia conté que el año que murió Franco coincidió con mi último año de Colegio.

El cambio de Colegio al Instituto no pudo haber sido más brutal (bueno podría haberlo  sido si mis padres hubiesen tenido el detallazo de inscribirme en un Instituto mixto, cosa que no hicieron). 

Lo primero que vi al entrar en clase fue una pintada encima de la pizarra, que ocupaba todo el ancho de la clase y que rezaba “Porros y tías, viva la Anarquía“. Imaginaros la impresión que causo en mi, que venía de un colegio donde nos hacían formar por la mañana para subir la bandera y cantar el “Prieta las filas”. Otra de las cosas que me sorprendió era la música que ponían a la hora del recreo: cada día un alumno se encargaba de poner los LP’s que más le gustaban, y así mientras te tomabas el bucanero,  podías oír desde la Pastoral de Beethoven al Aqualung de Jethro Tull.

Claro que lo normal  era no quedarse en el patio como si estuvieses en el cole, sino salir a la calle. Al principio nos acercábamos a la Plaza Mayor a comprarnos el típico bocata de ¿calamares? (mi madre siempre me decía que no eran tales, sino “voladores”). Luego descubrimos los billares: era un sitio como de película, estaban en un  primer piso y se subía por una escalera estrecha, de esas con escalones de madera. Arriba nada de máquinas de ping-ball o marcianitos, sólo billares franceses y futbolines. Allí nos gastábamos el dinero del bocata jugando a pierde-paga al billar o al futbolín: estos últimos eran los mejores de Madrid, con bolas de corcho y el “cesped” de cristal, que te permitían hacer verdaderas virguerías con el “balón”.

Rápidamente hice una pandilla con tres  compañeros que vivían en mi barrio, con los que subía a clase todos los días. Entonces no había “jornada intensiva”, y el instituto estaba a casi 2 km de mi casa, por lo que cada día andábamos casi 8 kilómetros, la mitad de ellos cuesta arriba, subiendo la Ribera de Curtidores que no es cualquier cosa. Solamente cogíamos el metro si llovía o hacía mucho frío. El metro esos días iba abarrotado, por lo que normalmente íbamos fuera, subidos a una pequeña plataforma que había entre los vagones. Era entonces una práctica muy habitual, pero según recuerdo hubo algún accidente mortal, por lo que pusieron guardas para evitar que lo siguiésemos haciendo.

Uno de los tres compañeros, Alfredo,  en realidad no vivía en nuestro barrio, sino que venía de mucho más lejos, de Useras (a unos 4 kilómetros del Instituto). En realidad él sólo hacía con nosotros el recorrido de bajada, para subir usaba el transporte público. Era un tipo peculiar, con un pelo lacio y graso, pegado a la frente, un cigarrillo siempre entre los dedos, y muy plasta, no paraba nunca de hablar. Una vez que bajábamos de vuelta a casa, andando por la parte alta de la calle Embajadores que tenía las aceras estrechas, él iba delante dándonos la brasa: a una señal los demás nos metimos sigilosamente por una bocacalle y le dejamos que él continuase calle abajo hablando sólo. Eramos un poco cabrones.

Antonio era andaluz, más aún, nacionalista andaluz. Siempre llevaba algo verde y blanco encima, y defendía la autodeterminación de Andalucía, pero eso si incluyendo a Gibraltar en su dominios. Su principal característica era la tacañez extrema. Nunca he visto cosa igual. Llevaba siempre ropa heredada de sus hermanos mayores, y los jerseis le quedaban siempre raquíticos. Una tarde nos atracaron unos quinquis al volver a casa, donde estaba la fábrica de Tabacalera. La cosa fue así, se nos acercaron 5 ó 6 (nosotros eramos cuatro) y nos piden un cigarro para pararnos en la calle. Antes de que nos diese tiempo a decir nada, teníamos cada uno enfrente a un quinqui, que de forma coordinada nos sueltan una hostia con la palma abierta en la cara mientras dicen “dame todo lo que tienes chaval o te rajo”. Todos les dimos lo poco que llevábamos y salimos corriendo, excepto Antonio que no se si fue dignidad o amor a las perras. El caso es que le dieron un cabezazo,  que le mantuvo varias semanas con un ojo a la virulé. Estuvo sin hablarnos mucho tiempo porque según él habíamos sido unos cobardes y teníamos que haber salido a defenderle, en vez de haber salido por piernas. Quizás no fuimos muy valientes, y no me siento muy orgulloso, pero creo que hicimos bien porque aquellos tipos eran de los que te pegan un navajazo por mirarles torcido.

Alberto, el tercero del grupo, era maño y mi mejor amigo. Era un tío cojonudo. Bajito pero un gran atleta. Se que empezó Químicas por imposición de su padre, pero que luego se pasó al  INEF y que ahora dirige un Polideportivo. Lamentablemente hemos perdido el contacto. En verano íbamos a las piscinas de la Complutense, cerca de la Avda. Séneca  aquello era el paraiso de cualquier adolescente. Nada de viejas, ni padres, ni niños: sólo había universitarios y UNIVERSITARIAS, ya que había que usar un carnet para pasar (nosotros usábamos el de su hermano mayor). En aquella época todavía te dejaban tirarte de los trampolines. Alberto dejaba impresionadas a las chicas haciendo saltos mortales desde el trampolín de 5 metros (o eso pensábamos nosotros, porque en realidad no le sacamos ningún rédito al asunto, mas que recrear la vista).

En su casa tenía muchos discos de sus hermanos mayores. Allí descubrí la música de la transición, principalmente cantautores pero también grupos de rock (Silvio Rodriguez, Claudina y Alberto Gambino, Luis Pastor, Quilapayún, Labordeta, Triana, Asfalto, ….) a los cuales seguí aficionado hasta que acabé el Instituto (luego en la mili me cambié a la música de la movida, pero no os asustéis, eso ya lo contaré en otro post).

Muchas veces se nos hacía tarde y su madre me invitaba a cenar: nunca había sorpresas con el menú, todas las noches del año cenaban tortilla española, eso sí podías elegirla con o sin cebolla.

Alberto hacía colección de pegatinas. En aquella época había una gran efervescencia política (que diría algún cursi) y las calles estaban llenas de carteles y pegatinas de partidos políticos. La cosa tenía su riesgo, porque las pegatinas más cotizadas no eran las de la UCD o las del Partido Socialista Popular (el de Tierno Galván), sino las de Fuerza Nueva o de la ORT y si te pillaban arrancando alguna, te podían como mínimo partir la cara.

Bueno, ya para compensaros del cebollitismo recibido, os dejo una foto de mi clase- A ver si adivináis quien soy.

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