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Tomándome mi tiempo, pero al fin acabé de leer El sueño de África de Javier Martínez Reverte. Es el segundo libro de este autor que leo. Para los que no le conozcáis os diré que es un periodista que escribe libros de viaje. En el caso que nos ocupa, narra su viaje por África Oriental, concretamente por Uganda, Tanzania y Kenia. Creo que este es su libro más famoso, aunque como os decía no es el primero que leo de él. El primero fue En mares salvajes. Un viaje al Ártico donde narra su viaje realizando el paso del Noroeste.

Lo primero que hay que indicar es que Javier Reverte (así aparece en los libros, sin el Martínez) no es un aventurero, ni un explorador. Es simplemente un viajero, que no es poco, pero no es lo mismo. En el caso de En mares salvajes el viaje lo realiza como pasajero de un barco aprovechando que “gracias” al calentamiento globlal, el paso queda totalmente despejado de hielos en verano, y se puede realizar en unos pocos días (Roald Amundsen que fue el primero en lograrlo necesito tres veranos para hacerlo, teniendo que pasar dos inviernos en el Ártico).

Bueno a lo que iba, en este libro Javier Reverte recorre los países en avión, taxis, tren y todo-terrenos con guías. Nada de ir andando o bajar ríos en endebles canoas: si es eso lo que buscáis no lo encontrareis.

Dicho esto, hay que decir que escribe muy bien. El estilo de Reverte consiste en ir alternando sus experiencias durante el viaje, con la narración de los hechos históricos acontecidos en la zona. Así en el caso de En mares salvajes, te va describiendo de forma cronológica la historia de las diversas expediciones, normalmente inglesas y que  acabaron mal o muy mal (como el caso de la de John Franklin), hasta que Amundsen al igual que haría posteriormente en el polo Sur, “les roba la cartera” y les gana la partida usando un método de expedición totalmente distinto: en lugar de grandes buques llenos de tripulantes, barco pequeño con un buen equipo humano y conviviendo con los esquimales.

En el caso de El sueño de África, las aventuras que cuenta en paralelo a sus experiencias son las de los exploradores como Livingston, o cazadores como Hunter, o los protagonistas de Memorias de África Karen Blixen (Meryl Streep) y su amante Denys Finch Hatton (Robert Redford). También cuenta con admiración la historia del pueblo Masái y se su lucha contra los esclavistas y colonos. Es la parte que mas me ha gustado del libro.

Todo está muy bien hilado, y como ya dije Reverte escribe muy bien, tanto los hechos históricos como sus experiencias, y la descripción de los paisajes.

Tengo que decir que a mi particularmente me gustó mas el del Ártico, supongo que porque me interesan mucho más aquellos paisajes y la historia de sus exploradores, la mayor parte de los cuales intentaban superar un reto “deportivo”. La historia de la exploración de África está ligada al esclavismo, el colonialismo y al exterminio de animales, y claro no es lo mismo. Sin duda yo prefiero el frío, que el calor húmedo y las enfermedades tropicales. Sólo he tenido ocasión de viajar en una ocasión a África ecuatorial (por trabajo, que no por ocio) y no es una experiencia que me tenga ganas de repetir; aunque supongo que para conocer las Tierras Altas de Kenia e intentar subir al Kili, podría hacer una excepción ;).

A Reverte sin embargo parece ocurrirle lo contrario: se muestra maravillado de casí todo lo que encuentra en África; y sin embargo describe con mucho menos entusiasmo los paisajes del Ártico, por no hablar de los esquimales o de sus compañeros de viaje, a los que no deja en muy buen lugar.

Además de lo anterior tengo que indicar que los mapas que vienen en los libros son bastante deficientes:  en un libro de viajes los menos que se puede pedir es un mapa decente. Aunque yo tengo buenos mapas en casa (soy suscriptor del National Geographic desde que se empezó a publicar en España), es un fastidio tener que estar echando mano de ellos continuamente porque los que viene en el libro son realmente malos.

Para finalizar os copio un extracto del relato Matar un elefante de George Orwell, que es una descripción de un hecho real que le ocurrió cuando era funcionario británico en Birmania, que era lo que me venía a la cabeza cuando Reverte habla de la heroicidad de los  “cazadores blancos” esperando a pie la acometida del león.

“Por aquel entonces no sabía que para matar un elefante hay que disparar trazando una línea imaginaria de un oído a otro. Por lo tanto, ya que el elefante se encontraba de lado, debí haber apuntado directamente a un oído; en realidad, apunté varios centímetros por delante, pensando que el cerebro estaría algo avanzado.
Cuando apreté el gatillo no oí la detonación ni sentí el culatazo —eso nunca sucede si el disparo da en el blanco—, pero sí escuché el infernal rugido de júbilo que se alzó de la multitud. En aquel instante, en un lapso de tiempo demasiado breve, habría cabido pensar, incluso para que la bala llegara a su destino, un cambio misterioso y terrible le sobrevino al elefante. No se movió ni cayó, pero se alteraron todas las líneas de su cuerpo. De pronto pareció abatido, encogido, inmensamente viejo, como si el horrible impacto de la bala lo hubiese paralizado sin derribarlo. Al final, después de un rato que pareció larguísimo —me atrevería a decir que pudieron haber sido cinco segundos— le fallaron las rodillas y cayó con flaccidez. Babeaba. Una enorme senilidad pareció apoderarse de él. Podría haberse imaginado que tenía miles de años. Volví a dispararle en el mismo lugar. Al segundo impacto no se desplomó sino que se puso en pie con desesperada lentitud y se mantuvo débilmente erguido, con las patas temblorosas y la cabeza gacha. Realicé un tercer disparo. Ése fue el que acabó con él. Pudo verse cómo la agonía le sacudía todo el cuerpo y le arrebataba las últimas fuerzas de las patas. Al caer, no obstante, pareció por un momento que se levantaba, ya que mientras las patas traseras se doblegaban bajo su peso, se irguió igual que una gran roca al despeñarse, con la trompa apuntando hacia el cielo como un árbol. Barritó, por primera y única vez. Y entonces se vino abajo, con el vientre hacia mí, y produjo un estrépito que pareció sacudir el suelo incluso donde yo estaba tumbado.
Me levanté. Los birmanos ya me habían rebasado y se apresuraban a cruzar el lodazal. Era evidente que el elefante no volvería a levantarse, pero no estaba muerto. Respiraba de forma muy acompasada, con largos y sonoros jadeos, el enorme bulto de su flanco subía y bajaba con dolor. Tenía la boca muy abierta; alcancé a ver las profundas cavernas rosa pálido de la garganta. Esperé durante largo tiempo a que muriera, pero su respiración no se debilitaba. Por último descargué los dos tiros que me quedaban en el lugar donde pensé que estaría el corazón. La sangre espesa manó como terciopelo rojo, pero siguió sin morir. Ni siquiera se estremeció cuando lo alcanzaron los disparos, su torturada respiración continuó sin pausa. Se estaba muriendo, muy despacio y con gran agonía, pero en un mundo alejado de mí en el que ni siquiera una bala podía hacerle ya daño. Sentí que debía poner fin a aquel espantoso sonido. Era espantoso ver a la enorme bestia allí tumbada, incapaz de moverse y, aun así, incapaz de morir, y no lograr siquiera acabar con ella. Mandé a buscar mi rifle pequeño y le descerrajé un tiro tras otro en el corazón y por la garganta. No parecieron causar ningún efecto. Los torturados jadeos continuaron con tanta regularidad como el tictac de un reloj.”

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