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Ayer hice una de esas bonitas excursiones otoñales que dejan tan buen recuerdo. No es necesario alejarse muchos kilómetros de la capital para ello. En esta ocasión empezamos en el pueblo de Casillas, que se encuentra en las primeras estribaciones de Gredos. El pueblo esta encaramado en la falda de una montaña, un sitio verdaderamente encantador. Lastima que las “casillas” no sean precisamente bonitas.

Iniciamos el ascenso hasta el puerto de Casillas y luego desde allí hasta el pico del mismo nombre. Los lugareños estaban quemando las numerosas hojas de castaños que había en sus fincas, de ahí el ambiente “neblinoso” (humo en realidad) que se observa en algunas las fotos. Si pincháis en la carpeta que hay a continuación las podéis ver.

En la cumbre hacía mucho viento y frío por lo que no nos entretuvimos mucho. Almorzamos al llegar al pozo de la nieve, ya en el valle de Iruelas. Los pozos de nieve vienen de la época de los árabes: normalmente se hacían en praderas donde resultaba fácil hacer grandes bolas de nieve que se “rodaban” hasta el pozo, de 6 o 7 metros de diámetro y 8 o 10 de profundidad. La nieve se aislaba del fondo del pozo mediante troncos para facilitar el drenaje del agua fundida y que la nieve permaneciese seca. El pozo se tapaba con piornos y paja, y además se cubría con un cobertizo para evitar que le diese el sol. Una vez acabado el invierno, la nieve era transportada  a lomos de caballería, siempre viajando de noche, para evitar el calor.

Proseguimos la excursión y llegamos al famoso castañar del Tiemblo. Aunque el otoño ya está bastante avanzado y no quedaban apenas hojas en los árboles, estaba todavía bastante hermoso. Allí pudimos hacernos fotos al lado del Abuelo, un castaño de más de 500 años.

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