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Aprovechando que los archivos del NODO ya se encuentran disponibles, voy a desempolvar otro episodio de mi fascinante vida, que estoy seguro todos estáis deseando descubrir: la Mili.

¿Qué os parece este impresionante reportaje? No os molestéis en preguntarme cuál de esos apuestos soldados soy yo, porque no se me llega a ver, pero os aseguró que allí estaba.

Efectivamente amiguitos , yo hice la mili cuando sólo contaba con 18 años, voluntario y en los “cuerpos especiales”, donde me putearon a modo durante dos años enteros.

Y os preguntareis ¿por qué lo hiciste? ¿por qué no objetaste? En aquella época lo de la objeción de conciencia no existía, bueno si podías objetar pero ibas al trullo. La otra alternativa que muchos estudiantes universitarios hacían en aquella época era el mal menor de la Milicias Universitarias, pero es que yo todavía no era universitario ni sabía que acabaría siéndolo: cuando acabe el bachillerato tenía un lío estupendo, y no sabía si seguir estudiando o que hacer con mi vida. En aquella época había, como ahora, muchísimo paro. Recuerdo perfectamente que se decía que había muchos recién licenciados que acababan de conductores en la EMT u opositando para plazas de Auxiliar Administrativo en Caja Madrid. Con ese panorama un amigo de mi madre me habló de una cosa nueva que iban a sacar, que era hacer la mili voluntario pero ganando dinero (unas 12.000 ptas pagaban al mes sino no recuerdo mal). Fue el inicio de la profesionalización de las FF.AA. Si, si, gracias a pioneros como yo muchos de vosotros os habéis escaqueado de hacer la mili.

El caso es que allí estaba yo con mi COU recién acabado y sin saber que hacer, así que me dije “apúntate, te quitas este muerto de encima, y por lo menos te quedas en Madrid [si esperabas a tu quinta te podía tocar irte a Ceuta o Melilla] ganando unas pelillas” Así pues, después de estar de estar vendiendo champús y participaciones de lotería durante todo un año para el viaje fin de curso a París y Londres,  tuve que renunciar y me fui primero a un campamento intensivo de 3 meses en Burgos y luego otros 21 meses en El Pardo, donde me hinche a hacer guardias.

Al principio la cosa era hasta divertida, hacíamos prácticas de tiro con todo tipo de armas (luego vendrían varios accidentes mortales y la cosa dejo de ser graciosa), puentes tibetanos, rápeles a la española, saltos de camión a 40 km/h, incluso espeleología castrense (atravesando un tubo de esos que pasan por debajo de la carretera, donde apenas si podíamos respirar).

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Posteriormente sucedieron dos acontecimientos que nos fastidiaron la existencia, ya que hicieron que incrementase significativamente el número de guardias, hasta llegar a la insuperable frecuencia de día si/día no. Lo primero ocurrió un 23 de febrero de 1.981. Estábamos haciendo unas maniobras “de supervivencia”, que inicialmente había sido previstas en enero, pero que habían tenido que aplazarse por una fuerte nevada que cayó en Madrid.

La maniobras de supervivencia consistían en repartirte por escuadras en mitad del campo durante una semana, y que te alimentases con lo que pudieses recolectar o cazar. Previamente me requisaron el chorizo y el queso que había guardado en el saco de dormir, lo que me costo un arresto de una semana a la vuelta. Así pues allí estábamos otros tres soldados y yo, en una tienda de campaña en mitad de los Montes de Toledo, preparándonos para pasar la noche lo mejor posible, cuando nos llamaron por la radio “Lobo a cachorros, lobo a cachorros, recoged todo que pasamos a buscaros  inmediatamente”.  Efectivamente, en unos minutos pasaron a buscarnos en un camión: no nos dio tiempo ni a doblar la tienda ni hacer los macutos, sino que lo echamos todo a lo bestia al fondo del camión, y nosotros encima. De esta guisa empezamos el viaje de regreso de noche, a toda ostia, con los conductores novatos que acaban de sacarse el carnet de camión,  encima de todos los bultos, sin cenar, y sin saber que había pasado.

Uno encendió la radio, y nos transmitió la noticia de que había un golpe de estado y que a Torcuato Fernandez Miranda le habían dado un tiro. Así pues estábamos convencidos de que en unas horas íbamos a estar también nosotros pegando tiros por las calles de Madrid.

Lo que es la naturaleza humana: a pesar de la preocupación y el miedo que teníamos,  cada uno se acomodó como pudo encima de los bultos y los cuerpos de los demás y nos echamos a dormir. No nos despertamos hasta que llegando a Madrid, dando un rodeo por los pueblos de los alrededores para no entrar por la carretera principal, el Capitán se empeño en que los camiones con nosotros dentro pasasen por un túnel debajo de las vías del tren. Los camiones pasaron, pero doblando a su paso las barras sobre las que se montaba la lona del techo, y nosotros, que no sabíamos que pasaba, pensamos que íbamos a morir aplastados. En fin cosas de la mili. Cuando llegamos al cuartel debían de ser ya las 2 o las 3 de la mañana. Por fin nos enteramos de lo que había pasado, y que la cosa no parecía tan grave como pensábamos al principio.

Lo segundo remarcable fue el atentado contra el General Valenzuela unos meses después. Lo único que diré al respecto es que el coche todavía humeante,

Atentado General Valenzuela

donde resultaron fallecidos tres de sus acompañantes, lo aparcaron en el patio del cuartel, justo debajo de la garita donde a mi toco la guardia esa noche. El olor a carne quemada es algo que nunca olvidaré.

Podría contaros muchas cosas más, como el accidente mortal que tuvimos en las practicas de lanzamiento de granada de mano, o el tiro que pego un soldado a un sargento en una guardia al pasar la revista de armas (no se supo si por accidente o a propósito), pero no quiero deprimirme más.

En definitiva lo que descubrí es que la carrera militar no era lo mio, y aunque me ofrecieron reengancharme como profesional, lo que me aseguraba un puesto de trabajo fijo, decidí renunciar (para disgusto de mi madre) y empezar a estudiar una carrera, pero eso ya lo contaré en próximos capítulos. Continuará…

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