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Parece que fue ayer, pero ya han pasado 22 años. El día empezó normal, fui a trabajar y después de tomarme el café con los compañeros entre al despacho justamente cuando sonaba el teléfono. Era tu madre:

“Donde estabas, es la tercera vez que te llamo”  (aunque te parezca inconcebible entonces todavía no teníamos teléfono móvil).

“Pues tomando un café ¿que pasa?”

“Que creo que ya, que te vengas”

Cogí el coche y salí disparado, atacaito de los nervios. Cuando llegue a casa ya estaba esperándome en el portal con la maleta. Llegando a La Paz nos pilló el atasco típico de la entrada a La Castellana, tentado estuve de atajar subiendome a la acera. Finalmente llegamos, ingresaron a tu madre y empezó la espera. Al principio los dolores no eran muy fuertes, pero luego empezaron a llegar con más frecuencia, y sin embargo no dilataba. Después de comer (de comer yo quiero decir), la pusieron la oxitocina, pero ni por esas.

Ya era la hora de la cena (los que lo hicieran) y nos trasladaron a la sala de dilatación, donde había otras 4 o 5 mujeres en el mismo trance. Me pareció uno de los sitios más siniestros en los que he estado nunca. Todo oscuro, con el verde de las batas y sábanas quirúrgicas centelleando en las superficies de acero inoxidable. Parecía Excalibur, con la partera haciendo el papel de Morgana.

Excalibur

A ti te habían puesto un cable en la cabeza (no preguntes por donde lo metieron),   que medía sus latidos. Cuando se aceleraban es que iba a llegar otra contracción, cada vez más seguidas y más fuertes. Y tu madre desesperada gritando:

“HAZ QUE ME DEN ALGO, NO PUEDO MAS”

Y yo sin saber que hacer, salvo ir buscar a la partera y preguntarle con cara de borrego si faltaba mucho, y si no podían darte algo, a lo que ella respondía con un sarcástico “¿Su mujer es muy quejica, verdad?.

Por supuesto que en aquella época la epidural en la Seguridad Social, era un mito: se sabía que existía pero nadie la había probado.

Por fin paso la doctora (que era muy joven) y le suplique que hiciese algo. Después de examinarla, dijo que ya estaba, que la llevasen al paritorio. En cuanto se fue a la partera le falto tiempo para acercarse y decir en alto para quien quisiese escuchar “Todavía no está, se va a desgarrar” . Mi congoja parecía ya insuperable. Me consolé pensando que por lo menos ahora vendría ese momento tan bonito que sale en las películas de ver nacer a tu primer hijo. Pero estaba claro que no era el día.

A poco de entrar al paritorio me echaron. Me dijeron que tu madre estaba muy nerviosa y que no me podía quedar. “Espere en el pasillo que ya le avisaremos”. Yo me imaginaba que la iban a tranquilizar en plan Aterriza como puedas.

Así que allí estaba yo, solo,  apoyado en un arcón que había en el pasillo. En eso llegó una enfermera, me pidió que me apartará, abrió el arcón que era un frigorífico y deposito una masa de carne sanguinolenta con un colgajo (allí descubrí donde se habían inspirado los de Allien), que me explicó era la placenta de otro parto.   Mi congoja subió otro par de puntos.

Allien

Los minutos pasaban lentos, y seguía dándole vueltas al coco, cuando pasaron  corriendo unos médicos también muy jóvenes (los pediatras), con unos palos metálicos. Se supone que era para desenredar el cordón umbilical que traías enrollado al cuello. Yo ya estaba con un nudo en el pecho que no auguraba nada bueno.

Finalmente todo acabó y me dejaron entrar. Tu madre tenía un señor sentado delante de sus piernas, con las manos ensangrentadas  haciendo un zurcido. Oportunamente me dijeron que no mirase.

Y tu estabas debajo de una lampara roja, como si fueses un pedazo de lomo en un buffet libre,  toda moradita,  con unas uñas larguísimas, y gritando como una condenada. Anda que no has dado guerra desde pequeñita. 

¡¡ FELIZ CUMPLEAÑOS!!

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