Etiquetas

,

El pasado domingo mi hijo pequeño D. (16 años) llego a casa bastante enojado. Rápidamente nos contó (cosa extraña en él porque es muy reservado), que unos abusones, mayores que ellos y más fuertes, les habían intimidado. Con la excusa de que les habían rozado al pasar, obligaron a todos los de la pandilla de mi hijo a pedirles perdón uno a uno. Se mostraron especialmente agresivos con Edgar, que es de origen latinoamericano, al que decían sin ningún aprecio. “Eh tu morenito, pídeme perdón más alto que no te he oído bien”. Este trato racista era lo que más indignado le tenía a D. No se si hubo algo más, pues como ya digo es bastante reservado.

Su hermana le dijo que  la próxima vez la llamase y que ella bajaría a defenderle. D. evidentemente no confiaba mucho en la labor de guardaespaldas que pudiese realizar A., teniendo en cuenta que él es ya más alto que ella.

Su madre y yo también le dijimos que nos llamase a nosotros o a la policía que para eso está, y mientras esto le explicaba empece a fantasear con la idea de bajar a la calle y enfrentarme a los abusones con un arma escondida, en plan Robert de Niro en Taxi Driver

En mi caso, como no tenemos armas de fuego, me imaginaba con el piolet que uso para ir a la montaña, que desde luego es un arma mortal de lo más eficaz, como demostró Ramón Mercader.

Vale, ahora es cuando pensáis, “Hermano E. es más infantil de lo que parecía“. Yo desde luego es lo que pensé cuando me di cuenta de lo que estaba pensando. En consecuencia interrumpí la (agradable) fantasía, y analice sus causas.

La causa de mi ira no puede ser otra que lo mal que lo pasé yo con los abusones, cuando era algo más joven de lo que lo es ahora D. En mi colegio (público y en un barrio más bien obrero) no faltaban los abusones. Supongo que abusones los hay también en los barrios pijos, pero yo estoy hablando de tipos que en su mayor parte años después pasaron por la cárcel,  varios de los cuales ya han muerto del SIDA (en aquellos años la heroína circulaba a sus anchas por las calles).

Con todo el peor no venía a mi cole, sino que era un tipo con pinta de Falconetti (el de la serie Hombre rico, hombre pobre, que por aquellos años triunfaba en la televisión) que frecuentaba el parque donde íbamos a jugar al fútbol.

El tío realmente acojonaba, y le dio por meterse conmigo. Por ejemplo no hacía mas que decirme (o más bien de decirle a los que me rodeaban), que movía mucho el culo, y que tenía pinta de maricón. Me veía desde lejos y se acercaba corriendo gritando “Eh, mueveculos, vente conmigo un rato, que lo vamos a pasar muy bien”. Como yo no me atrevía ni a contestarle, empezó a anidar en mi cabeza la idea de que era un cobarde, y de que quizás si que era un poco marica (vale ahora ya se que una cosa no tiene que ver con otra pero entonces tenía 13 años).

De esta situación me salvó mis cualidades de delantero centro. Yo en realidad nunca he jugado bien al fútbol pero, al menos en aquel equipo, tenía la habilidad de meter muchos goles. Era algo así como Rubén Cano que ni chutaba fuerte, ni sabía regatear, pero que siempre estaba en el sitio donde caía el balón para rematar el gol. Un oportunista vaya, así era yo. Gracias ello el jefe de la pandilla/equipo, alias “El Chepi” me apreciaba mucho.

El Chepi se parecía a Iribar El Chopo:  jugaba de portero y nos sacaba una cabeza al resto. Quizás por eso iba siempre encorvado y de ahí su mote. El caso es que un día cuando Falconetti se disponía a amargarme la tarde, El Chepi se encaró a él y le dijo “A éste no le molestes que es mi delantero centro.” Yo pensé: “la que se va a liar, van a empezar a darse de hostias y alguna me va a caer a mi“.

Pero no,  Falconetti no dijo ni pío, ni esa tarde ni ninguna otra. Cada vez que me veía me miraba con desprecio, pero no me volvió a molestar. Lo que demuestra dos cosas:

  1. Los abusones suelen ser unos cobardes.
  2. El fútbol es así.

P.S.: Si, ya se que al final el post me ha quedado un poco de guasa, pero os puedo asegurar que yo lo pase fatal y que D. vino a casa absolutamente cabreado. Y todo ello a pesar de que al fin de cuentas, no pasó nada. No quiero ni imaginar ponerme en el pellejo de los niños y padres que sufren el acoso escolar día a día.

Anuncios