Etiquetas

, , , , ,

Hace unos días recibí de Iberia, que no sabe que soy un desagradecido, una invitación un “pase exclusivo lleno de sorpresas y emociones” del preestreno de la película POMPEYA, y a buena fe que las hubo.

El bodriofilm Pompeya

El bodriofilm Pompeya

POMPEYA es un nuevo film que vosotros que no os habéis merecido la generosidad de Iberia, podréis sufrir a partir del próximo 25 de abril. El argumento de este nuevo engendro jolivudiense es el siguiente (tal cual venía en la invitación de Iberia):
Milo (Kit Harington), un esclavo convertido en gladiador, contempla impotente cómo su verdadero amor, Casia (Emily Browning), la hermosa hija de un rico mercader, se ha prometido con un corrupto Senador romano. Pero cuando el Monte Vesubio entra en erupción, Milo deberá luchar en una carrera contra el tiempo para salvar a su amada mientras la magnífica ciudad de Pompeya se derrumba a su alrededor.
Además en la invitación daban la siguiente advertencia: durante el pase tendrán lugar efectos de pirotecnia.

A pesar de los antecedentes decidí ir, y os preguntareis pacientes lectores ¿por qué lo hiciste Hermano E, si la cosa tenía mala pinta? Bien se ve que no conocéis el lema de nuestra familia y (como diría Matías Prats) cada vez de más españoles: “A lo que es gratis hay que ir, cueste lo que cueste.”
Así que el pasado jueves nos dirigimos mi Santa y yo hasta los cines donde se celebraba el magno acontecimiento, un sitio digno del evento: el macrocomplejo de cines Kinépolis, de los que mi buen juicio y prudencia me había mantenido alejado hasta entonces. Para los que no tenéis la suerte de vivir en esta nuestra Comunidad Autónoma, os diré que estos cines no están conveniente ubicados en el centro urbano ¡kía!, no es el caso.
Están saliendo de Madrid por la carretera de Extremadura: cuando ya piensas que vas a llegar a Cáceres y después de estar detenido durante eones en semáforos incompresibles al implacable sol primaveraniego;  por fin llegas a un polígono empresarial donde se encuentra el susodicho macrocomplejo. El gasto en gasóleo y reposición de líquidos en el 100 Montaditos que providencialmente hay instalado a la puerta del cine, empezaron a hacer buena la segunda parte del lema familiar.
Antes de entrar te hacen firmar un papel que indicaba lo siguiente:
La asistencia al evento implica que los invitados consienten expresamente y autorizan tanto a Iberia como a Aurum (en cuanto distribuidora de la película) para la filmación de un vídeo y realización de fotografías durante el evento, así como la utilización, publicación y reproducción en todo el mundo y sin limitación, por parte de ambas de su imagen y nombre en cualquier tipo de publicidad, promoción publicación, incluido Internet, o cualquier otro medio de la naturaleza que sea, con fines comerciales o informativos siempre que estos se relacionen con la presente acción, sin compensación económica o de ningún tipo para el participante.

Ya que habíamos llegado hasta aquí el que no me fuesen a pagar por aprovecharse de imagen no era algo que me fuese amilanar.
A continuación te largan unas gafas 3D. Eso ya era más grave: ver películas en 3D es algo que empieza a superar el coste tolerable, pero yo seguí adelante con mi lema.
Franqueada la entrada del cine, había unos tíos disfrazados de centuriones romanos, (me da una pena que la gente tenga que ganarse así la vida), que andaban por los pasillos en parejas y con cara de enfadados, como la guardia civil.

Lo que hay que hacer para ganarse la vida :*(

Lo que hay que hacer para ganarse la vida :*(

Y a continuación otra nueva parada antes de alcanzar la puerta de la sala (aquello parecía un vía crucis): en esta nueva estación de penitencia nos largaron las bebidas y las cajas de cartón llenas de palomitas. No soy yo hombre al que le gusten las palomitas. De hecho me repugna hasta el infinito y más allá, oír a la gente masticar a mi lado. A pesar de todo, y porque a lo que es gratis hay que ir, cogí mi pozal de palomitas y cruce el Rubicón.
Hago otro inciso para indicar que al morder un maíz, noté que se movía el implante por lo que a los pocos días, concretamente el día de mi cumpleaños, tuve que visitar al dentista a que me apretará las tuercas. Otro coste colateral.
La película es mala de dar risa. Para empezar los protagonistas son feos y sin sustancia. Yo que viví la época dorada de los péplums en cines de barrio y que por lo tanto estaba acostumbrado a ver a Charlon Heston luciendo bíceps ó Deborah Kerr insinuando escote, no pude quedar más decepcionado.
El actor masculino,  que se supone que es un celta de Britania y que por lo tanto bien podría ser interpretado por un tipo alto, con pinta de nórdico, rubio y fornido, es un tío más bien bajito, moreno, de barba rala y totalmente inexpresivo. Buscando ahora su foto para ilustrar este publirreportaje, veo que salía en Juego de Tronos, y supongo que eso lo explica todo.
La prota femenina que se supone que es una napolitana, y que por lo tanto bien podría ser una morenaza tipo Sofia Loren, de pechos exuberantes que la ajustada túnica apenas si pudiese contener, es justo lo contrario . Una sinsustancia, lánguida, con pinta de bielorrusa pero en bajita, y cara de na’vi (podría haber hecho Avatar sin necesidad de maquillaje, con solo pintarse la cara de azul). Ya no es que no enseñe escote (que no lo tiene), sino que ni tan siquiera muestra un trozo de cacha por la raja de la túnica. Fraude y desaprovechamiento total.
Por si el argumento ridículo y los protagonistas inadecuados fuesen poco (los secundarios son mucho mejores, pero no me quiero alargar más), luego teníamos los efectos pirotécnicos: al ir a sentarte la pareja de romanos te advertía que no te pusieses en las 10 primeras filas si no eras amante de las emociones fuertes. Yo por supuesto les hice caso y me fui atrás y a un lado de la sala con la ingenua esperanza de no oír al resto de invitados, gente distinguida como yo, comiendo palomitas como gochos, cosa que efectivamente logré pero por el estruendo de los “efectos pirotécnicos”: cada vez que el volcán entraba en erupción (más o menos cada 10 minutos y toda la última media hora), unas máquinas soltaban humo, se encendían potentes luces rojas debajo de la pantalla, y unos cañones regaban de confeti a los desdichados de las primeras filas. Una risa.
Y el apoteósico fin de fiesta, cuando la peli estaba a punto de acabar y los “guapísimos” protagonistas se iban a dar el beso final, se fue la luz. Bueno en realidad se hizo la luz, porque al interrumpirse el suministro eléctrico, se apaga la pantalla y se encienden las luces de emergencia, invitando a cualquier ciudadano de mediana edad responsable a abandonar la sala de forma serena pero inmediata. Evidentemente ni yo ni ninguno del resto de asistentes lo hicimos. La luz intentaba volver pero se volvía a ir (lo que viene a ser el típico recalentón del magneto-térmico provocado por tanto efecto pirotécnico de las narices).
No había manera.
La buena señora de Iberia responsable del sarao, salió a pedir disculpas y empezó a contarnos lo que se le ocurría ante una sala llena de expectantes asiduos a lo gratis, lo cual demuestra una profesionalidad y presencia de ánimo digna de aplauso, que fue lo que hicimos de forma enfervorecida. Tras 10 minutos de soportar la vergüenza ajena que me producía oír los disparates que decía la buena señora, decidí abandonar la sala, con las luces encendidas y bajo la mirada escrutadora del resto de espectadores. Mano de santo, Murphy nunca falla, fue llegar a la puerta de la sala y reanudarse la proyección. Así que volví con vergüenza a mi sitio, oyendo los “ya te lo dije” de mi Santa, para comprobar que, como me temía, a la película sólo le quedaban unos segundos de acción y los títulos de crédito.
Al salir del cine (eran más de las 10 de la noche) vimos que había una cola interminable de gente esperando para el segundo pase (debían ser los de la Iberia Plus Clásica).
Viendo con alivio que hay gente peor que nosotros, empezamos el largo viaje de retorno al hogar con la satisfacción del lema familiar cumplido.

Anuncios