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Esta vez mi semana de solterismo montañero ha sido en Andorra.
No es la primera vez que iba, ya he estado varias ocasiones en invierno esquiando. Hay gente a la que le encanta Andorra para esquiar por la calidad de sus remontes y pistas. No es mi caso, me agobian sus multitudes. Mi ideal del esquí no sólo son paisajes bonitos, remontes rápidos y buena nieve, sino también el típico ambiente relajado de montaña que en Andorra es imposible encontrar, y más en invierno. Por ejemplo una de las cosas que me gustan es el paseo después de la cena, sintiendo el frío en la cara y disfrutando del olor de las chimeneas de leña. Eso amigos míos en Andorra es imposible, a no ser que te conformes con pasear por el arcén de una carretera oliendo humo de los 4×4 y gritos de rusos e ingleses alcohólicos.
En verano la cosa mejora ligeramente porque no hay tanta gente, pero no mucho. Vamos que aunque sea posible encontrar aparcamiento sin tener que pagar zona azul, las construcciones en los lugares más inverosímiles no ayudan a darle encanto.
Aunque obviásemos los excesos urbanísticos, Andorra tampoco es el sitio ideal para disfrutar de la montaña: evidentemente hay paisajes de montaña bellos e incluso el valle de Madriu es patrimonio de la Unesco, pero no puede compararse con los paisajes espectaculares de otros lugares del Pirineo: valles como el de Ordesa, lagos como los de San Mauricio, bosques como la selva de Irati, nieves perpetuas (por poco tiempo) como las del Aneto, Perdido y Vignemale, cascadas como la de Gavarnie u Ordesa, ni de montañas impresionantes como Midi d’Ossau, Balaitous ó Posets.
No tiene ningún pico que supere los 3.000 mts, pero tampoco los hay en el pirineo navarro donde sin embargo si hay cumbres (Mesa de los Tres Reyes, Anie, Petrechema, …) más impresionantes y bellas que las de Andorra.
Para colmo no es infrecuente que después de hacer un esfuerzo considerable (porque a pesar de lo anterior, los desniveles a superar si son considerables), el otro lado de la montaña sorprenda al caminante con la vista de los remontes de una estación de esquí o una carretera.
Hay sin embargo algo que he encontrado en Andorra que me ha sorprendido y gustado mucho: sus flores. No soy yo un espíritu delicado que vaya buscando orquideas por el campo, y normalmente sólo fotografío aquellas flores que son verdaderamente raras como los Edelweiss. Sin embargo en Andorra he descubierto una variedad y exuberancia de flores como no había visto en ningún otro sitio. De hecho todos los valles estaban increíblemente verdes, más parecía que fuese primavera que verano. Parece ser que todo el mes de julio tuvieron lluvias abundantes.
Os dejo algunas fotos, no son de gran calidad porque las voy tomando según voy andando con un grupo de aguerridos montañeros que no hace prisioneros, sin usar trípode ni sofisticadas reflex con objetivos macros, sino una sencilla cámara compacta. No obstante creo que os gustarán.

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