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El pasado fin de semana me deje llevar por el éxito de crítica y público y fuimos a ver al última de La guerra de las galaxias. Lo del éxito de público lo entiendo, pero que casí todas las críticas profesionales sean positivas ya me mosquea bastante.

Vayamos por partes que diría Jack the Ripper (lo que sigue es lo que ha venido en llamarse ahora un spoiler, es decir que yo también os voy a destripar la película)

Los actores

Los mejores sin duda son Chewbacca (Peter Mayhew) y Luke Skywalker (Mark Hamil) . La fuerza de sus diálogos os dejará sin palabras 😉

La pobre Carrie Fisher (Leia) me ha dado mucha pena, ¡con la devoción que la teníamos los jóvenes de mi edad! Ahora parece un taponcillo embutida en un uniforme verde.  Para mi desgracia se parece mucho a mi prima Pilar, con la diferencia de que mi prima nunca estuvo buena y la Fisher en el Retorno del Jedi levantaba el ánimo a cualquiera.

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Los nuevos protagonistas Daisy Ridley (la chatarrera) y John Boyega (el desertor) me han parecido malísimos. Ella en plan dramática poniendo siempre esa cara de susto propia del que se le ha escapado un cuesco y piensan que le van a descubrir . Él supongo está en la película para cumplir la cuota de presencia “afroamericana” (lo que viene siendo negro, vamos), pero digo yo que podían haber puesto a alguien más aguerrido. Supongo que en las próximas entregas que sin duda vendrán, tendremos protagonistas asiáticos y/o homosexuales. Yo ya veo un romance entre el desertor y el piloto de la flota rebelde, cuya actuación también es patética.

Kylo Ren, el malo, es como todo en este este film una copia, en este caso de Darth Vader, con la diferencia de que Darth llevaba la máscara-respirador para ocultar su cara deforme como consecuencia de algún terrible accidente. Con buen criterio Darth Vader no se quitaba la máscara en la primeras películas. Kylo Ren (Adam Drive) parece desde el principio no un malo, sino un niñato poseído por la ira (uno de los momentos divertidos de la película es precisamente en uno de esos ataques de rabia). Cuando se quita la máscara,  que usa por capricho porque no le hace falta para nada, descubrimos a un crio imberbe, un friki disfrazado, feo a rabiar, más feo que pegarle a un padre (guiño, guiño, codazo, codazo).

El único actor que se salva es Harrison Ford y en premio, y para que no repita en las siguientes, al final lo mata su propio hijo (ups, os lo advertí , que no me haceis caso. En la pelicula tampoco te avisan,  le matan sin venir a cuento y sin que te lo esperes).

La historia.

El argumento es una copia de las tres primeras películas (lo que ahora llaman un remake, vaya). Va copiando de aquí y de allá sin aportar nada nuevo. Otra vez tenemos la estrella de la muerte (ahora grande como Júpiter pero igual de fácil de destruir), los edificios de altura infinita y sin pasamanos donde agarrarse, el planeta desértico, el planeta helado, el bar con la orquesta de alienígenas, los mismos robots, los mismos uniformes y ropas (digo yo que en 30 años la moda debería haber evolucionado algo), etc., etc., etc.,

Por lo menos las películas siguientes de la saga (de los episodios I al III) intentaron ser originales presentando escenarios, androides, planetas y personajes distintos. Nada de eso hay en esta. Todo lo que sale ya se vio en las primeras tres películas.

Luego además están las aberraciones científicas. En este sentido Stark Trek siempre le ha dado mil vueltas a La guerra de las galaxias, pero en este episodio la cosa ya es de traca. Por ejemplo en el planeta desierto donde vive la chatarrera (se supone que es el Tatooine de la primera película , aunque no lo digan) está lleno los gigantescos cruceros imperiales , que se supone han hecho un aterrizaje de emergencia pero han quedado casi intactos, es decir, han atravesado toda la atmosfera del planeta sin desintegrarse.

O la facilidad para dominar la fuerza: en las pelis anteriores tenías que pasarte media película para mover un objeto, en ésta vale con apretar fuerte el entrecejo, hummmmmm y pum ya está, la espada laser llega a tu mano. Eso por no hablar de lo fácil que es manejar la espada, que hasta el negro, con lo inutil que parece,  se hace con ella en un pispas.

El entrañable público.

Y el remate final fue el publico de la sala. Si ya normalmente a las películas que suelo ir es difícil librarte del comedor compulsivo de palomitas, la presencia masiva de niños maleducados (o mejor dicho de padres maleducados) en la cola de entrada no hacía presagiar nada bueno. La gente entraba a la sala con bolsas de plástico enormes llenas de comida, que no dejaban de manosear en las más de dos horas  que dura el engendro. Los olores y el ruido de las bolsas, junto con los móviles sonando con puñetero Whatsapp, y el niño de detrás que se paso toda la película pateando mi asiento (sin que su padre le dijese ni mu), impidieron que pudiese conciliar el sueño.

En fin que debería haber hecho caso a mi santa y haber ido a ver El puente de los espías.

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